El frío que entraba por el ventanal roto era insoportable. Azkarion se quedó de pie frente al cristal astillado, con los puños apretados y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a partir. Emma se acercó despacio, evitando pisar los trozos de vidrio que brillaban bajo la luz de la luna.
—No vamos a irnos a casa, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro.
—Si nos vamos, mañana esto será un montón de cenizas —respondió Azkarion sin mirarla—. Silas no tira piedras solo para asustar. Está midi