El amanecer en el puerto no era tan romántico como en las películas. Olía a gasoil, a sal y al esfuerzo de cientos de hombres que ya estaban cargando cajas bajo una llovizna persistente. Emma se despertó con el cuerpo entumecido, pero en cuanto vio los fogones, la adrenalina le recorrió la sangre.
—Es hoy, Azkarion —dijo ella, lavándose la cara con agua fría en el pequeño lavabo del fondo.
Azkarion, que había pasado las últimas horas de la noche vigilando la puerta con el abrigo puesto, asintió