El olor a madera quemada y especias chamuscadas los siguió kilómetros mar adentro. Desde la popa del Santa Fe, el barco de Mateo, Emma observaba el resplandor naranja que devoraba lo que quedaba del Muelle 40. Había perdido su cocina, su nombre legal y su seguridad, pero por primera vez en semanas, el aire que respiraba no estaba filtrado por la Orden.
—¿Estás bien? —preguntó Azkarion, acercándose. Su traje de tres mil dólares estaba manchado de hollín y grasa de motor. Ya no parecía un ejecuti