El sol del mediodía golpeaba con fuerza el techo de zinc de "La Prohibida". Fuera, la fila de clientes llegaba ya hasta la lonja de pescado, custodiada —aunque nadie lo supiera— por un par de hombres de Moretti que, vestidos de civiles, vigilaban que ningún "accidente" volviera a ocurrir.
Dentro, el calor era insoportable. Emma manejaba tres sartenes a la vez, pero su mente estaba a kilómetros de allí, en una pequeña oficina de seguridad privada en el centro financiero donde Azkarion acababa de