El aire en el pequeño almacén de patatas se volvió gélido. Emma sentía el peso del teléfono en su mano como si fuera una granada a punto de estallar. Frente a ella, Mateo sostenía el periódico con una fuerza que hacía que sus nudillos parecieran piedras blancas. Fuera, el murmullo alegre de los comensales se sentía como una burla cruel.
—Mateo, puedo explicarlo... —empezó Emma, pero las palabras se le atascaron en la garganta. ¿Cómo explicas una traición que tú misma acabas de descubrir?
—¿Expl