El sol de la mañana bañaba el puerto con una luz dorada que ocultaba las ojeras de Emma y Azkarion. Frente a "La Prohibida", la carpa de seda blanca de Valmont ondeaba con elegancia, custodiada por guardias de seguridad con pinganillos. Nadie sospecharía que, bajo el suelo de la cocina, se habían impreso cien copias de un diario de bitácora que podía derribar un imperio.
—¿Están listos? —preguntó Azkarion, ajustándose la chaqueta de chef. Sus manos estaban vendadas por las heridas de la lonja,