La lonja vieja era un esqueleto de madera y hierro que crujía con cada embestida del viento. A medianoche, el lugar carecía del encanto bohemio del Muelle 40; aquí el aire era espeso, cargado de un frío que parecía calar hasta los huesos. Emma y Azkarion caminaban en silencio, esquivando charcos de agua estancada y restos de redes abandonadas.
—No me gusta esto, Emma —susurró Azkarion, manteniendo una mano cerca del bolsillo donde guardaba una linterna—. Beatriz tiene los recursos para estar en