La mesa central de "La Prohibida" había sido despejada de sus habituales manteles de papel. En su lugar, Emma había colocado una tabla de madera de roble, ruda y sin pulir. Esa noche, el restaurante estaba cerrado al público, pero las luces brillaban con una intensidad febril.
Azkarion observaba a Emma desde la esquina, preocupado. Ella no le había dirigido la palabra en toda la mañana, concentrada únicamente en picar, reducir y marinar.
A las ocho en punto, el destino llamó a la puerta.
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