ALBA
No se mueve.
Sostengo el sobre entre mis dedos. Me quema. No por su contenido. Por su simple existencia.
Él está ahí, inmóvil, pero todo en él invade el espacio: su mirada, su silencio, su presencia. Ni siquiera necesita avanzar. Ya está en todas partes. En el aire. En el mármol. En mí.
Coloco el sobre sobre la mesa baja del balcón. Lentamente. Como se lanza un guante al suelo.
— ¿No quieres saber qué hay dentro? —pregunta, siempre sin moverse, pero ya más cerca de lo que debería estar. Su