La lluvia caía como una plegaria desesperada sobre los techos de la ciudad. Afuera, el mundo parecía normal. Pero en el interior de Luciana, algo se rompía, lenta e irreversiblemente.
El mensaje de Camila no solo le había roto el corazón. Le había abierto una herida más profunda: la certeza de que la lucha ya no era por descubrir la verdad, sino por salvar lo poco que aún quedaba en pie.
—¿Dónde está? —preguntó Alexander por enésima vez mientras Roberto hablaba por teléfono con sus contactos.
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