Luciana releyó el nombre una y otra vez: Camila Duarte. Estaba al pie del manuscrito que acababan de recibir por correo, firmado con trazo firme, casi desafiante. El corazón le latía con violencia, pero no era miedo. Era traición. Era rabia. Era la sensación de que alguien había intentado borrar su historia y reescribirla con tinta ajena.
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Alexander cerró el sobre con la amenaza en la mano. La apretó con los dedos hasta deformarla. Luciana lo observaba desde el borde de la cama.
—Ya no es