La lluvia había cesado, pero la ciudad seguía cubierta por una bruma espesa, como si el pasado se rehusara a disiparse del todo. Luciana observaba por la ventana del apartamento mientras las luces del amanecer se filtraban tímidamente entre los edificios. En su regazo, el diario de Elena, ya sin secretos, con la piel ajada por las manos que lo habían buscado, escrito y rescatado.
Alexander dormía en el sillón, exhausto tras noches de tensión y trabajo. En la mesa del comedor, las últimas correc