Ginebra los recibió con un cielo gris, el tipo de gris que no prometía tormenta pero tampoco paz. Desde el aeropuerto, una comitiva oficial los trasladó directamente al hotel cinco estrellas donde se hospedarían junto a otros oradores del Congreso Internacional de Derechos Humanos. El evento se perfilaba como uno de los más importantes del año: presidentes, premios Nobel, activistas y periodistas de todo el mundo estarían allí.
Pero Luciana sabía que no estaban siendo celebrados. Estaban siendo