Luciana caminaba por el borde del lago en Ginebra con el abrigo cerrado hasta el cuello. El frío no era lo que la estremecía. Era la voz de Camila, el archivo en su teléfono, y el vacío que ahora latía entre ella y Alexander. Aunque él seguía en la habitación, escribiendo su “confesión”, algo había cambiado entre ellos. Algo se había roto.
Pasaron horas hasta que regresó al hotel. Cuando entró, lo encontró dormido sobre el escritorio, con el portátil a medio cerrar y una hoja impresa entre sus