Javier llegó puntual, con esa sonrisa fácil y esos ojos oscuros que siempre habían sabido encender una chispa en mí, una chispa diferente a la que Maximiliano provocaba, pero útil, muy útil, en momentos como este en el que necesitaba drenar toda la pasión contenida por culpa de Maximiliano Ferrer.
Lo invité a pasar, el camisón de seda deslizándose suavemente contra mi piel, dejándole ver mi culo desnudo, mientras cerraba la puerta tras él, aislando el mundo exterior de la urgencia que nos cons