El eco helado de la confesión de Sofía se aferraba a mí, tan tangible como el frío húmedo del almacén.
"Tal vez necesité darle un pequeño empujón...".
La imagen de Ricardo cayendo desde la azotea, una imagen que siempre había estado envuelta en la neblina del suicidio, ahora se teñía de una oscuridad siniestra. Sofía... ella lo había hecho. Y ahora, yo era un simple peón en su retorcido juego de venganza contra Maximiliano.
Las horas se habían estirado hasta convertirse en una eternidad silen