El almacén era un laberinto oscuro y frío, un vientre de sombras danzantes donde mis sollozos parecían rebotar y multiplicarse, haciéndome sentir aún más sola y miserable. Javier me había empujado a una pequeña oficina que olía a polvo rancio y olvido, la puerta cerrándose tras de mí con un golpe seco que resonó como el cierre de una tumba.
Intenté incorporarme, pero mis piernas se negaron a sostenerme, temblando como hojas en una tormenta. El dolor en mi mejilla, era un latido constante y punz