Ya hacía tres años desde que la mano de Ricardo apretó la mía con una intensidad que me sorprendió.
Estábamos sentados en la barra de un bar al que solíamos frecuentar en Caracas, la penumbra del lugar contrastando con la seriedad en su rostro. Era un hombre sano, fuerte, pero en sus ojos había una sombra, una inquietud que nunca antes había visto. La rubia trás él, no me dejaba concentrarme en lo que me decía, esa noche la llevaría a una cama. La voz de Ricardo me hizo mirarlo.
—Maxi, hermano