La mañana en la mansión Briston nació gris, envuelta en una bruma espesa que subía desde los jardines. Joe permanecía en la sala de monitoreo, revisando una y otra vez la grabación de la cámara térmica del perímetro. El rastro de calor era inconfundible, pero lo que helaba la sangre de Joe no era la intrusión, sino la identidad de la figura.
—Es ella —susurró Joe, ajustando el contraste de la pantalla—. Es Linda.
Abigail, que estaba a su lado con una taza de café intacta entre las manos, se ace