El cuero cosido a mano del asiento del Gulfstream G650 crujía bajo el peso de Arthur Briston, un sonido que para él era la única música de la verdadera nobleza. A diez mil metros de altura, el mundo le parecía una maqueta diseñada para su entretenimiento personal, un tapete de luces y sombras que podía comprar o aplastar a su antojo. Sostuvo el vaso de cristal de Baccarat contra la luz de la ventanilla; el whisky de malta, de un ámbar profundo y cincuenta años de añejamiento, bailaba al ritmo d