El hombre del uniforme de mantenimiento se detuvo frente a la puerta de cristal. Abigail, con los sentidos agudizados por el miedo, notó que no llevaba una identificación visible y que su mano derecha, enguantada, no soltaba el asa de la caja de herramientas con la naturalidad de un trabajador. Era un agarre tenso, de combate.
—Señorita, tengo órdenes de revisar el sistema de oxígeno —dijo el hombre, su voz era un murmullo metálico, desprovisto de emoción.
Abigail se puso de pie, colocándose fí