La mañana en la mansión Briston comenzó con una extraña quietud. Joe, envuelto en su bata de seda oscura, revisaba planos y listas de invitados con una energía que no había mostrado en meses. La boda en San Patricio se había convertido en su obsesión, el faro de luz en medio de la tormenta legal y financiera que Arthur seguía alimentando.
Abigail entró en el estudio, llevando dos tazas de café. Se acercó a él y puso una mano suave sobre su hombro, interrumpiendo su lectura de los protocolos de