La mañana en la mansión Briston comenzó con una extraña quietud. Joe, envuelto en su bata de seda oscura, revisaba planos y listas de invitados con una energía que no había mostrado en meses. La boda en San Patricio se había convertido en su obsesión, el faro de luz en medio de la tormenta legal y financiera que Arthur seguía alimentando.
Abigail entró en el estudio, llevando dos tazas de café. Se acercó a él y puso una mano suave sobre su hombro, interrumpiendo su lectura de los protocolos de seguridad de la catedral.
—Joe, necesito pedirte algo —dijo ella con voz pausada—. Quiero que la boda sea perfecta, pero no quiero que sea... vacía. Quiero que esperemos a que Roberto pueda estar con nosotros. No quiero que nos vea por una pantalla o que falte su bendición física en ese altar.
Joe se tensó ligeramente, pero al ver la sinceridad en los ojos de Abigail, suspiró profundamente.
—Abi, el tiempo es nuestro peor enemigo ahora. Cada día que pasa, Arthur gana terreno —respondió él, aunqu