La ciudad de Nueva York se extendía a sus pies como un tapete de luces eléctricas, pero dentro del ático privado que Joe había reservado, el mundo exterior no existía. Solo había velas de cera de soja, el aroma de las orquídeas blancas y el sonido suave de un violonchelo que parecía llorar de alegría.
Joe observó a Abigail a través de la copa de vino. Ella llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba la serenidad de su rostro, aunque él podía notar el cansancio en sus ojos. El asedi