La ciudad de Nueva York se extendía a sus pies como un tapete de luces eléctricas, pero dentro del ático privado que Joe había reservado, el mundo exterior no existía. Solo había velas de cera de soja, el aroma de las orquídeas blancas y el sonido suave de un violonchelo que parecía llorar de alegría.
Joe observó a Abigail a través de la copa de vino. Ella llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba la serenidad de su rostro, aunque él podía notar el cansancio en sus ojos. El asedio de Arthur estaba cobrando su factura, y Joe sabía que la única forma de detener las flechas era construyendo una muralla que nadie pudiera derribar.
—Has estado muy callado toda la noche —dijo Abigail, dejando su cubierto sobre el plato—. Sé que la empresa está en llamas, Joe. No tienes que fingir conmigo que todo es perfecto.
Joe dejó su copa y se levantó. Rodeó la mesa y se arrodilló frente a ella, no con la sumisión de un hombre derrotado, sino con la determinación de un rey que ha decidido