El anuncio cayó sobre Joe como una losa de hielo. El olor a heno y a tierra del establo se mezcló de repente con el aroma dulce y pesado del perfume de Perla, una combinación que asfixiaba la mente del ranchero.
Joe no articulaba palabra. No era solo el impacto de la noticia, sino la visión de su futuro que se hacía añicos. Sus sueños, la vida y relación que llevaba con Abigaíl, su tranquila y exquisita rutina, estaban siendo interrumpidas por un huracán llamado Perla.
El rostro de Joe, habitualmente inescrutable, se contrajo en una mueca indescifrable. No era terror, sino una rabia gélida, la misma que usaba en las salas de juntas de Briston para doblegar voluntades.
Perla, al interpretar su silencio como una rendición aturdida, vio su oportunidad. Con la habilidad de una actriz, se acercó, extendiendo una mano temblorosa hacia el brazo de él.
—Joe, sé que es un shock, pero...
Él retrocedió con un movimiento seco, tan instintivo y brusco que Perla se detuvo en seco, herida por la evi