Perla salió furiosa del rancho. No se fue gritando, sino con un silencio explosivo, montándose en su auto de alquiler con la dignidad rota. La humillación infligida por Abigaíl, su rival, en presencia de Joe, era una herida que prometía devolver multiplicada. Para ella, la orden de Joe de someterse a pruebas médicas y de ADN no era un pedido de evidencia, sino una declaración de guerra.
En el establo, la tensión era palpable, tan densa que podía cortarse con un cuchillo. El silencio de los caballos y el crujido de la paja bajo sus pies eran los únicos sonidos que rompían la quietud. Joe y Abigaíl se quedaron inmóviles, como dos soldados exhaustos después de un asalto fallido.
Poco a poco, Joe se acercó a ella. Su corazón le dolía, no por Perla, sino por el dolor que sabía que le había infligido a Abigaíl. Él tomó su mano, un gesto de ancla, y la apretó con toda la fuerza de su culpa y su amor.
—Abi... Yo... —Joe solo pudo pedir disculpas. Su garganta estaba seca. Disculpas por su pasa