Perla salió furiosa del rancho. No se fue gritando, sino con un silencio explosivo, montándose en su auto de alquiler con la dignidad rota. La humillación infligida por Abigaíl, su rival, en presencia de Joe, era una herida que prometía devolver multiplicada. Para ella, la orden de Joe de someterse a pruebas médicas y de ADN no era un pedido de evidencia, sino una declaración de guerra.
En el establo, la tensión era palpable, tan densa que podía cortarse con un cuchillo. El silencio de los caba