Joe Briston caminaba por la sala de su casa, con el teléfono en la oreja y una expresión que oscilaba entre la frustración y la absoluta perplejidad. Llevaba años sin salir con nadie; de hecho, nunca había tenido una “cita real”. Su vida había sido un torbellino de compromisos sociales y negocios rancheros, no de noviazgos tranquilos. Entonces, ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo funcionaba exactamente el ritual de una cita fuera de un ambiente profesional o vital?
—¡Joe! Pareces un becerro al que van a marcar. Cálmate —se burló Rafael, al otro lado de la línea.
Joe se frotó la nuca, su nerviosismo palpable incluso a través del teléfono.
—No sé qué ponerme, Rafael. ¿Debo ir de traje? ¿Demasiado formal? ¿Botas de trabajo? ¿Demasiado... rancho? Me dijo que era fuera del pueblo, un lugar discreto.
—A ver, vaquero. Te lo ha dicho Estela —intervino Rafael—. Si vas a ir a un pueblo vecino, es un restaurante, no la ópera. Pero, ¿traje? ¿En serio? ¡Somos vaqueros! Unos jeans oscuros, una chaqueta de