Joe Briston caminaba por la sala de su casa, con el teléfono en la oreja y una expresión que oscilaba entre la frustración y la absoluta perplejidad. Llevaba años sin salir con nadie; de hecho, nunca había tenido una “cita real”. Su vida había sido un torbellino de compromisos sociales y negocios rancheros, no de noviazgos tranquilos. Entonces, ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo funcionaba exactamente el ritual de una cita fuera de un ambiente profesional o vital?
—¡Joe! Pareces un becerro al que van