La llamada de Roberto Briston a su oficina de Manhattan había tomado a Estela Astor completamente por sorpresa. Eran mundos aparte: Estela, una abogada corporativa en ascenso, famosa por su lengua afilada y la precisión casi perfecta de sus argumentos legales a sus treinta y tantos años; y Roberto, un magnate petrolero al borde del retiro, el patriarca silencioso y temido de la dinastía Briston. Los unía, de forma indirecta, el lazo de Joe: el nieto que Roberto había criado y el mejor amigo de la infancia de Estela.
Estela acudió a la reunión con una mezcla de curiosidad profesional y aprehensión personal. El despacho de Roberto, un ático acristalado con vistas al Central Park, era tan frío y vasto como su reputación.
Roberto la recibió con una seriedad que no era hostil, sino pesada. Era un hombre con el peso de la culpa y el tiempo encima.
—Gracias por venir, Señorita Astor. Sé que su tiempo es valioso —dijo Roberto, señalando la silla de cuero frente a su escritorio.
—El apellido B