Joe y Abigaíl se instalaron en el interior de la gran camioneta todo terreno de Joe, la misma que había transportado medicamentos y esperanzas en las noches tensas del rancho. El vehículo, ahora limpio y con el aire acondicionado mitigando el frío de la noche, se convirtió en una burbuja de intimidad sobre el asfalto que los llevaba hacia Hot Springs.
Joe había sido cauteloso con los detalles del destino, solo confirmando que cenarán lejos de Iron River. La distancia, a casi una hora de camino, era la promesa de discreción que Joe necesitaba para bajar la guardia.
La tensión inicial era innegable, un muro invisible construido por el peso de la noche anterior, el drama de Perla y la expectativa de lo desconocido. Joe, con el volante entre las manos, lucía inusualmente formal para sí mismo: su camisa azul impecable y su chaqueta de cuero le daban un aire de galán rudo, pero sus hombros estaban tensos. Abigaíl, por su parte, se sentó en silencio, admirando el paisaje rural que pasaba, pe