La oficina de Arthur en el pináculo del rascacielos corporativo era un templo de cristal y acero, pero esa noche se sentía más como una jaula. El aire acondicionado zumbaba con una fría indiferencia que no podía calmar el fuego de su obsesión. El gran escritorio de caoba estaba cubierto de carpetas, montones pulcros de balances y proyecciones, el disfraz perfecto de un hombre concentrado en las finanzas. Sin embargo, su atención estaba irremediablemente rota.
En silencio, revisaba constantemente