La oficina de Arthur en el pináculo del rascacielos corporativo era un templo de cristal y acero, pero esa noche se sentía más como una jaula. El aire acondicionado zumbaba con una fría indiferencia que no podía calmar el fuego de su obsesión. El gran escritorio de caoba estaba cubierto de carpetas, montones pulcros de balances y proyecciones, el disfraz perfecto de un hombre concentrado en las finanzas. Sin embargo, su atención estaba irremediablemente rota.
En silencio, revisaba constantemente el móvil. No por mensajes de negocios, sino por la aplicación de rastreo que había instalado en el vehículo abandonado de Clara. Una y otra vez, la pantalla confirmaba el mismo mensaje irritante: Inmóvil. Había perdido el rastro de Clara y eso no quedaría así; necesitaba cerrar ese tema. El vacío que ella había dejado no era solo la humillación de un escape audaz; era una cuenta pendiente, una amenaza abierta a la impecable estructura de su vida.
La puerta de su oficina se abrió suavemente, int