La pequeña oficina trasera del almacén se había convertido en un confesionario improvisado, oscuro y sofocante bajo el peso de la verdad inminente. Marina, la madre de Perla, estaba al borde de la desesperación, atrapada entre el amor ciego por su hija y la piedad pragmática ofrecida por Joe.
—Joe… —logró decir Marina, su voz rasposa—. No estoy segura… Yo no sé de quién es el bebé, siento decirlo así sin más, pero desde hacía un tiempo hasta acá ella ha cambiado.
Marina se llevó las manos a la