La sala del apartamento de Joe se sentía pequeña, el aire saturado por el peso de las palabras que flotaban entre los tres. No había música de fondo, ni el ruido del tráfico de la ciudad lograba penetrar los cristales. Solo estaba el sonido de la respiración agitada de Clara y el silencio sepulcral de la pareja.
Por una hora entera, la pareja escuchó a Clara.
Joe se mantuvo de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mientras Abigaíl permanecía sentada frente a Clara, observando cada gesto, cada lágrima y cada rastro de miedo en la mujer que alguna vez fue su sombra enemiga.
Clara no omitió detalles sobre la doble vida que él llevaba mientras aún estaba casado con Abigaíl. Relató con una honestidad brutal cómo había visto y sido testigo de la manipulación sobre Abigaíl, describiendo cómo Arthur disfrutaba minando la confianza de su esposa, haciéndola sentir pequeña para que nunca tuviera el valor de dejarlo.
—Él se reía de tu ingenuidad, Abigaíl —susur