La sala del apartamento de Joe se sentía pequeña, el aire saturado por el peso de las palabras que flotaban entre los tres. No había música de fondo, ni el ruido del tráfico de la ciudad lograba penetrar los cristales. Solo estaba el sonido de la respiración agitada de Clara y el silencio sepulcral de la pareja.
Por una hora entera, la pareja escuchó a Clara.
Joe se mantuvo de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mientras Abigaíl permanecía sentada frente a