La mañana había caído, pero para Joe, no había traído consigo ni el descanso ni el sol. El estudio, envuelto en el olor a café rancio y madera antigua, había sido su celda y su refugio. Desde la llegada de Perla no había podido dormir más de tres horas seguidas. El sueño era una quimera que se negaba a tocarlo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Abigaíl, herido por la verdad que él había traído a sus vidas, o la sonrisa triunfal de Perla, convencida de que ese embarazo era su bill