Joe se sintió como si estuviera observando la escena desde una distancia helada, su cuerpo presente, pero su alma aturdida. La luz fluorescente del consultorio del ginecólogo en La Salle era dura, revelando cada arruga de preocupación en su rostro y cada gesto de falsa dulzura en el de Perla.
El hombre de bata blanca, profesional y calmado, terminó de mover el transductor sobre el vientre de Perla. Joe no podía apartar la mirada del monitor. Allí, en un gris borroso y fascinante, estaba la evidencia irrefutable.
Joe escuchaba al ginecólogo confirmar un embarazo de aproximadamente 10 semanas. Diez semanas. El tiempo coincidía, o estaba peligrosamente cerca.
Perla, feliz, hablaba con el hombre, su voz melosa y llena de planes. Ella había recuperado el brillo en los ojos, el propósito. Era la madre orgullosa, la futura esposa de un hombre poderoso, o al menos eso era lo que interpretaba su mente. El médico, ajeno al drama, le daba algunas recomendaciones sobre la dieta, el descanso y los