Joe se sintió como si estuviera observando la escena desde una distancia helada, su cuerpo presente, pero su alma aturdida. La luz fluorescente del consultorio del ginecólogo en La Salle era dura, revelando cada arruga de preocupación en su rostro y cada gesto de falsa dulzura en el de Perla.
El hombre de bata blanca, profesional y calmado, terminó de mover el transductor sobre el vientre de Perla. Joe no podía apartar la mirada del monitor. Allí, en un gris borroso y fascinante, estaba la evid