Era la hora muerta de la noche, ese momento en el que el mundo parece reducirse a la luz de los faros y el sonido constante del limpiaparabrisas. Las doce y cuarenta y tres minutos, para ser exactos. Llevaban casi dos horas conduciendo desde La Salle, y Bigfork, el destino de Abigaíl, seguía sintiéndose inalcanzable, una promesa lejana perdida en la niebla helada. La nevada, que había parecido mitigarse en la ciudad, se había intensificado en la carretera interestatal, transformándose en una ve