Era la hora muerta de la noche, ese momento en el que el mundo parece reducirse a la luz de los faros y el sonido constante del limpiaparabrisas. Las doce y cuarenta y tres minutos, para ser exactos. Llevaban casi dos horas conduciendo desde La Salle, y Bigfork, el destino de Abigaíl, seguía sintiéndose inalcanzable, una promesa lejana perdida en la niebla helada. La nevada, que había parecido mitigarse en la ciudad, se había intensificado en la carretera interestatal, transformándose en una ventisca densa y peligrosa.
Joe conducía su Toyota 4Runner con una calma que a Abigaíl le resultaba escalofriante. El vehículo era una mole de músculo, diseñado para ese tipo de clima, pero incluso él no tenía el coraje de seguir adelante. La visibilidad era casi nula, y los copos gigantes chocaban contra el parabrisas, hipnotizando a Aby en un trance ansioso. Ella observaba su perfil, iluminado intermitentemente por los postes de luz que lograban penetrar la tormenta. Su mandíbula estaba tensa, s