Las paredes blancas del hospital Mercy parecían cerrarse sobre Arthur Briston. El techo, con sus paneles fluorescentes, se convertía en un lienzo donde su mente, febril y castigada por las toxinas, proyectaba las últimas palabras de su madre. “No eres solo mi hijo, Arthur, eres mi triunfo sobre ellos”. Aquella voz, que antes era su único norte, ahora sonaba en sus oídos como el siseo de una serpiente. Los delirios iban y venían; por momentos se veía a sí mismo de niño, buscando una caricia que