La luz del salón principal de la casona Briston parecía demasiado brillante para Arthur. Sentado en un sillón orejero que le perteneció a su padre, se sentía como un intruso en su propia genealogía. Frente a él, el triunvirato de la nueva era, Joe, Abigail y Estela, lo observaba con una mezcla de cautela y una piedad que le resultaba más dolorosa que el odio.
Estela fue la primera en romper el silencio. Extendió sobre la mesa de centro una serie de folios con el sello de la auditoría interna.
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