Mundo ficciónIniciar sesiónAbigaíl se sentó en el asiento trasero del taxi que la llevaba al antiguo apartamento de su padre, ahora hogar de Estela. Las luces de la ciudad pasaban como borrones acuosos por el cristal empañado, reflejando su propio estado interno: una niebla de emociones violentas. El viaje desde el pequeño café con Joe se había sentido interminable, no por la distancia, sino por la densidad del silencio que había dejado tras de sí.
El café con Joe había sido un exorcismo necesario, doloroso, pero innegablemente liberador. Finalmente, había dicho en voz alta la verdad que la había carcomido durante cinco años: Joe era un cobarde que había huido de la responsabilidad, y ella, en su profunda decepción, había caído en las redes del primer hombre que prometió estabilidad. Pero la verdad era una espada de doble filo. Había herido a Joe, sí, exponiendo su culpa, pero también había revelado que la herida que él le había dejado no había cicatrizado del todo.
Al llegar, el apartamento, espacioso pero cálido, le dio un respiro. Estela la esperaba, sentada en la isla de la cocina, leyendo un expediente legal con las gafas puestas sobre la nariz. Su hermana era el ancla de Abigaíl; siempre práctica, siempre feroz.
—Llegas tarde —dijo Estela sin levantar la vista, pero su tono era suave, desprovisto de juicio—. ¿Joe te dio un paseo muy largo?
—Lo suficiente para discutir cinco años de miseria en una hora y media —Abigaíl se quitó el abrigo empapado y se dejó caer en el taburete. El peso del día y de la confrontación se asentó sobre sus hombros.
Estela cerró el expediente y la miró fijamente. Sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y curiosidad profesional.
—¿Y bien? ¿Salió el demonio?
—Salió. Y con él, un poco de pus vieja. Él trató de excusarse con su "guerra familiar", con que yo merecía algo limpio y sin complicaciones. Yo le dije que la guerra no le daba derecho a pisotear mi dignidad, a tomar decisiones por mí —Abigaíl sintió un escalofrío al recordar la cara de Joe, la expresión de dolor culpable que se había clavado en su memoria. Estela asintió lentamente.
—Bien. Necesitabas esa catarsis. Desinflaste el fantasma de la oportunidad perdida. ¿Y ahora? ¿Cómo te sientes con él cerca de nuevo? — Abigaíl se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la calle iluminada. Había una verdad que solo podía admitir ante Estela.
—Me sentí como hace cinco años. Ilusionada, vulnerable. Estela, no sé si es rencor o si es... el recuerdo. El recuerdo de lo que pudo ser, antes de que Arthur lo rompiera todo y yo me rompiera con él.
—¿Todavía lo quieres, Abi? —La pregunta de Estela fue directa, sin adornos. Abigaíl apretó los labios, volviéndose hacia su hermana. No podía mentirse a sí misma.
—No. No al Joe que me dejó plantada. Pero hay un espacio, sí. Un espacio en mi corazón que él ocupó alguna vez, que prometió llenar, y por eso duele tanto saber que está de vuelta. Pero se va, Estela. Vuelve a Montana. Yo vuelvo a mis libros. Es mejor así. Es más seguro.
Los días siguientes transcurrieron con una rutina casi monástica. Abigaíl se inscribió en los cursos para retomar su carrera de veterinaria. El consejo de Roberto Briston había sido una bendición, dándole un propósito que la fachada Briston le había robado. El dolor de su pérdida, el dolor de su humillación, todo se canaliza ahora en estudiar anatomía y patología. Era una manera de curarse a sí misma, de reconstruirse, de cumplir la promesa que se había hecho: ser la dueña de su propia vida.
Pero la sombra de Arthur Briston no era fácil de disipar. La rutina de Abigaíl incluía citas médicas de seguimiento, necesarias tras el accidente y la pérdida. Había sido un milagro que saliera caminando, pero el cuerpo guarda memoria de las batallas.
Era una mañana fría y soleada cuando se dirigió a la clínica, sintiéndose tranquila por primera vez en semanas. Llevaba ropa cómoda, un libro de texto y una determinación firme.
Llegó a la elegante sala de espera del consultorio privado, revisó su móvil y esperó su turno. Diez minutos después, la puerta se abrió con una violencia innecesaria y Arthur Briston entró.
Vestía un traje azul oscuro impecable, pero su rostro estaba tenso, con las comisuras de los labios caídas por la frustración. Vio a Abigaíl y se dirigió a ella con la determinación de un depredador que ha acorralado a su presa.
—Abigaíl. —Su voz era baja, pero cargada de electricidad, atrayendo la atención de la recepcionista—. Necesitamos hablar. Ahora.
Abigaíl sintió un frío recorrerle la espalda, pero se obligó a mantener la calma, recordando la liberación de la cachetada a Linda. Se puso de pie lentamente, sin regalarle la más mínima muestra de miedo.
—No tenemos nada de qué hablar, Arthur. Nuestro acuerdo es claro.
—¡Nuestro acuerdo! —Arthur bufó, riendo con amargura—. ¿Te refieres al cheque que te dio el abuelo para que te quedaras callada? No, querida. Me refiero a lo que pasó antes. Me refiero a nuestro hijo.
El aire se enrarece alrededor de Abigaíl. El silencio se hizo total, interrumpido solo por el débil sonido de un televisor de pared. La mención directa de su bebé perdido, usada como arma y no como dolor compartido, la hirió profundamente. Era el único territorio sagrado que Arthur no debía invadir.
—No te atrevas —su voz era un susurro mortal.
—Me atrevo. Porque soy tu esposo. O fui tu esposo. No importa. Tú tienes una cita médica hoy. Una cita de seguimiento después del accidente que tú causaste.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
—Tiene todo que ver conmigo —dijo Arthur, acercándose hasta que solo los separaba un metro de espacio personal—. Ese bebé… era de ambos, Abigaíl. Mi hijo. Tú, con tu negligencia al volante, lo perdiste. Pero lo perdimos los dos. Y tengo derecho a saber en qué estado quedaste. Tengo derecho a saber si… si eres apta para darme un heredero, o si tengo que tomar medidas drásticas.
Cada palabra era un puñal. Arthur no estaba buscando salud; estaba buscando control y una excusa para culparla. El resentimiento que Abigaíl había estado acumulando durante meses, desde el día en que despertó sola en el hospital, explotó.
—¡Tú no tienes ningún derecho! —La voz de Abigaíl resonó en la sala. Se acercó a él, desafiante, ignorando el miedo que le apretaba el pecho—. ¿Apto para darte un heredero? Tú no querías un heredero, Arthur. Querías un trofeo. Querías un seguro para el apellido. ¡Y el único que engendraste, lo perdiste por tu indiferencia!
Su mente trabajaba rápido, buscando la debilidad. Arthur solo temía una cosa: al patriarca. Abigaíl se quedó mirándolo, con la calma forzada de un depredador que ha encontrado el punto blando de su presa.
—¿Sabes qué me preguntó mi doctor? Me preguntó si tenía estrés. ¿Sabes lo que le contesté? Que mi único estrés era un hombre, un parásito emocional, que intenta controlar mi vida incluso después del divorcio. Un hombre que no tiene el coraje de enfrentar a su abuelo, y que solo busca culparme por su propio fracaso. — Arthur sintió el golpe, pero intentó recuperarse.
—No vas a volver a jugar la carta del abuelo. Él está de mi lado.
—¿De tu lado? —Abigaíl permitió que una sonrisa glacial cubriera su rostro—. Arthur, el abuelo Roberto me dio un cheque que te obligó a firmar. Me dio un consejo de vida que tú nunca fuiste capaz de ofrecerme. Y me instó a mantener contacto con él.
Ella se inclinó, clavándole la mirada en sus ojos.
—Dime, Arthur. ¿Le dijiste al abuelo Roberto que te colaste en mi clínica sin cita, que estás usando la memoria de un hijo muerto para intimidarme y que estás a punto de provocar un escándalo frente a testigos? ¿Sabe tu abuelo qué estás aquí?
La pregunta de Abigaíl no era una amenaza vacía, sino un recordatorio de poder. Arthur se quedó de piedra. El miedo cruzó sus ojos. Sabía que un nuevo reporte de mala conducta a Roberto podría costarle la poca credibilidad que le quedaba en la junta. Abigaíl no era ya la esposa sumisa. Era la nuera vengativa con acceso directo al patriarca.
Su furia se transformó en impotencia. Retrocedió un paso, el traje ya no parecía tan impecable, su postura se había quebrado.
—Te vas a arrepentir de esta actitud, Abigaíl —siseó Arthur, con el tono bajo y venenoso que usaba cuando su plan se frustraba—. Vas a arrepentirte de haberme desafiado.
Dio media vuelta y salió del consultorio con la misma violencia con la que había entrado, golpeando la puerta al salir. La recepcionista y las pocas personas en la sala de espera lo miraron irse con una mezcla de horror y fascinación.
Abigaíl se dejó caer en la silla, sintiendo que sus piernas temblaban. La adrenalina bajaba rápidamente, dejando un vacío helado. Había ganado la batalla, sí, pero el costo emocional había sido alto. Arthur sabía cómo tocar las heridas más profundas.
Unos minutos después, la enfermera la llamó.
—Señora Briston, su turno.
—Abigaíl —corrigió ella, la palabra sonando como una afirmación de identidad—. Solo Abigaíl.
Mientras caminaba hacia el consultorio, cerró los ojos un instante. El recuerdo de Joe, de su rostro preocupado, del calor de su mano en el hombro en la mansión, se coló en su mente. Ella se había ido de la cafetería para huir de la vulnerabilidad que Joe representaba. Pero al enfrentar a Arthur, se dio cuenta de que ese hombre, el único que la había entendido sin palabras, era también el único capaz de protegerla en esta guerra que apenas comenzaba.







