El aire dentro de la mansión Briston parecía haber adquirido una densidad física, como si las paredes mismas estuvieran exudando el moho de los secretos guardados por décadas. Abigail cruzó el umbral con el cuerpo tenso, los ecos de la auditoría todavía martillando en sus sienes. El viaje a Londres era inminente; los libros contables de la sede europea presentaban inconsistencias que amenazaban con ser el último clavo en el ataúd de la empresa, y ella era la única con la autoridad suficiente pa