La atmósfera en la mansión Briston era sofocante, cargada de una quietud que solo precede a las grandes catástrofes. El silencio no era paz, sino un vacío denso. Abigail y Joe, acompañados por su hijo, habían abandonado el recinto escoltados por un enjambre de abogados para enfrentarse a las auditorías que desangraban a la empresa. La casa, despojada de sus habitantes habituales y con el servicio reducido al mínimo por la crisis, se sentía como un barco fantasma a la deriva en un océano de deud