El salón de cristal del hotel Dorchester, en Park Lane, era una oda al exceso arquitectónico. Bajo las arañas de cristal de Swarovski que costaban más que una mansión en el campo, la élite londinense se congregaba entre susurros de seda y fragancias de nicho. Arthur Briston se encontraba en el podio, ajustándose los puños de su camisa de algodón egipcio. Para él, esta gala no era un evento benéfico; era su propia apoteosis.
—La verdadera responsabilidad del éxito —comenzó Arthur, proyectando su