El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la oficina de Joe, dibujando líneas de luz sobre la madera oscura de su escritorio. Era un día marcado en el calendario con fuego: Clara cumplía exactamente siete meses de embarazo. Pero la verdadera tensión no provenía de la gestación de Clara, sino de un sobre de papel grueso y blanco que descansaba frente a Joe. Los resultados de la prueba de ADN de Perla finalmente habían llegado.
Joe estaba sentado, inmóvil. Sus manos, acostumbradas a domar caballos y manejar maquinaria pesada, temblaban de una forma que le resultaba ajena. El miedo a que un error del pasado encadenara su futuro era un peso asfixiante.
En ese momento, la puerta se abrió suavemente. Clara entró con su caminar pausado, sosteniendo su vientre con una mano y una taza de té en la otra. Al ver a Joe en ese estado de parálisis, dejó la taza a un lado y se acercó a él.
—Joe, el tiempo no se detendrá por mucho que mires ese sobre —dijo ella con una sonrisa alentadora—.