La ciudad de Nueva York se extendía bajo ellos como un océano de luces infinitas. Desde el rascacielos, el ruido del tráfico y el caos de la metrópolis eran solo un murmullo lejano, casi poético. En la mesa, la cena había transcurrido entre risas y una complicidad que Joe no había sentido en años. Por primera vez, él no hablaba solo de negocios, del rancho o de los problemas legales con Perla; hablaba de "familia". Mencionaba el futuro, la casa, y la calidez de un hogar compartido. Para Abigail, escuchar esas palabras de boca de un hombre tan reservado como Joe era la melodía más dulce que jamás hubiera imaginado.
—Me encanta escucharte hablar así —susurró Abigail, acariciando el borde de su copa de vino—. Suenas... en paz.
Joe le sonrió, una sonrisa que nacía desde lo más profundo. El camarero se acercó con una discreción coreografiada para servir el postre. En ese preciso instante, como si la ciudad misma se hubiera puesto de acuerdo con ellos, la intensidad de las luces del salón b