La atmósfera en el rancho había alcanzado una paz casi idílica, aunque todos sabían que era una calma sostenida por hilos de seda. Los días pasaban entre cuidados hacia Clara, quien parecía florecer espiritualmente mientras su cuerpo físico continuaba su lento declive. La complicidad entre Joe, Abigail y Clara se había transformado en un sistema de soporte perfecto; eran tres náufragos que habían aprendido a construir un hogar en medio de la tormenta.
El jueves por la tarde, el sonido de un motor rompió la serenidad del valle. Estela y Rafael, los amigos más cercanos de Joe y Abigail, llegaron al rancho. La visita tenía un doble propósito: conocer finalmente a la mujer de la que tanto se hablaba y entregar los documentos legales que Rafael, en su capacidad de abogado y confidente, había preparado con minucia.
El encuentro fue, cuanto menos, tenso. Estela, con su mirada analítica y su lealtad incondicional hacia Abigail, no pudo evitar sentir un rastro de recelo hacia Clara. Para Estel