La sala de juntas de la mansión Briston nunca se había sentido tan pequeña. Sobre la mesa de caoba, el sobre que Arthur había traído, ahora manchado con una gota de su propia sangre, parecía emitir un calor radiactivo. Las exigencias de Linda estaban escritas con una caligrafía impecable, una cortesía gélida que contrastaba con la brutalidad de sus peticiones: acciones, utilidades, silencio y, lo más doloroso, la custodia de Cael.
Roberto Briston permanecía sentado a la cabecera, con las manos