El silencio en el ático donde Linda se ocultaba no era de paz, sino de una presión atmosférica que amenazaba con reventar los tímpanos. Linda observaba el tráfico de la ciudad desde el ventanal, sosteniendo una copa de vino que no bebía. La noticia de que la familia Briston no había emitido el comunicado de prensa que ella exigía le había llegado esa mañana. Su plan de humillación pública estaba estancado.
Por primera vez en años, Linda sintió una punzada de pánico. No era un pánico histérico,