El jardín de Clara era un santuario de colores vibrantes, pero esa tarde, bajo la luz dorada del atardecer de Montana, se sentía impregnado de una melancolía que calaba hasta los huesos. Arthur seguía sentado en el mismo sillón de hierro blanco donde Joe lo había dejado. Los álbumes de fotografías estaban abiertos sobre sus rodillas, y sus dedos, largos y ahora temblorosos, acariciaban el papel brillante de una imagen donde Clara sonreía tímidamente frente a un rosal que apenas empezaba a brota