El despacho de Joe, con sus paredes revestidas de madera oscura y el aroma a historia familiar, se sentía esa noche como el interior de una confesionario. La luz de la lámpara central caía sobre la mesa, iluminando las manos de los tres presentes: las de Joe, firmes y entrelazadas; las de Abigail, elegantes pero tensas; y las de Arthur, que buscaban desesperadamente un anclaje en la realidad.
Arthur rompió el silencio con una pregunta que cortó el aire como un cuchillo. Su voz, aunque baja, tení