La luz del alba apenas comenzaba a filtrarse entre los rascacielos de Manhattan cuando Joe Briston ya estaba sentado tras su imponente escritorio de caoba. Había algo sedante en el silencio de la oficina antes de que el resto del mundo despertara. Con una taza de café negro humeando a su lado, Joe revisaba los contratos de la nueva fase de expansión. Sus ojos, agudos y cansados, escaneaban cada cláusula con la precisión de un cirujano.
Tres horas pasaron en un suspiro. Para Joe, el trabajo no e