Edward
La imponente vista de Nueva York se extendía frente a mí, un mar de luces y acero que se recortaba contra el cielo nocturno. Estaba sentado en un restaurante de alta categoría, uno de esos lugares donde los acuerdos multimillonarios se concretan con una copa de vino en la mano y miradas que sopesan cada movimiento. La verdad es que no estaba allí por placer. Una tensión palpable me atenazaba el estómago, y no precisamente por la exquisita comida que tenía frente a mí. Era el caos que se