Edward
Regresé de Siena entrada la tarde, con la cabeza saturada de papeles, firmas y llamadas que no habían servido para nada. El trayecto entre los viñedos, normalmente apacible, se me hizo más largo de lo habitual. Había algo que no terminaba de encajar desde la mañana, una sensación incómoda que no lograba sacudirme.
La casa estaba demasiado silenciosa.
No era el silencio usual de la hacienda —ese que se apoya en los muros antiguos y en la rutina del personal—, sino otro distinto, más vacío